Imma Folch | Los buenos amigos
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Los buenos amigos

Los buenos amigos

La vida a veces te separa de los amigos que en un tiempo eran los complices de todos aquellos fines de semana de salidas, excursiones, risas. La vida te trae parejas, hijos,  y trabajos que a veces te desplazan a otras ciudades. Pero los buenos amigos son aquellos que ya forman parte de ti, y aunque los veas cada seis meses el tiempo se detiene y retomas la conversación como si no hubiera habido ninguna interrupción temporal

Hoy he cenado con unos buenos amigos, y en estos momentos de tensión laboral, de crisis, de desespero y de tanta confusión, es tan reconfortante ver que los valores a los que no solíamos prestar atención son los que nos mantienen en pie…y la amistad es un gran valor.

Que feliz me siento en estos momentos y que afortunada por poder vivirlos.

Os recomiendo a todos que cultiveis las buenas amistades.

Hace unos meses encontré un artículo sobre la amistad muy interesante que quiero compartir. El artículo lo publicó el diario Las Provincias, de Alicante: “La amistad en tiempos de crisis”.  Lo copio a continuación:

El gran filósofo Julián Marías se consideraba afortunado de contar en el reducido círculo de sus relaciones próximas personas de calidad muy aceptable. Entre ellos se hallarían sin duda los que tendrían el privilegio de su amistad. El amor que Julián Marías profesaba a la verdad, seguramente le impediría considerar amigo a quien no la amare en igual o similar medida. ¿Podríamos presumir cualquiera de nosotros de la calidad personal de nuestros amigos, de su amor a la verdad?.

Si de algo ha de servir la actual crisis económica es para que muchos puedan contrastar la verdadera naturaleza de sus amistades. El escritor y académico francés André Maurois, consideraba como propio de la condición humana, sentir a la vez ante las calamidades ajenas una sincera piedad y una imperceptible dulzura. “En la adversidad de nuestros amigos-añadía La Rochefoucauld- encontramos siempre algo agradable”. Parecer que de manera semejante expresaba Mauriac: ” creo que nos gusta ayudar a los desgraciados, pero nos molesta que conserven el reloj de la pared”.

En tiempos de desventura, qué pocos amigos quedan. Algunos, en prevención de que se les solicite ayuda, se alejan ante los primeros síntomas de la desgracia.. Otros, permanecen discretamente indiferentes hasta que el desafortunado comete la osadía de exponerles su angustiosa situación. Me pillas en un mal momento, no sabes los gastos que tengo, no sé, a lo mejor cincuenta euros te puedo dejar. Actitudes que nos hacen recordar las palabras de Ángel Ossorio y Gallardo: ” si el mejor amigo te traiciona, no hagas la bobada de sorprenderte.”

El verdadero amigo se adelanta a la solicitud. Y evita en lo que puede la humillación de aquel a quien quiere. Como canta el poema de Kipling El Milésimo Hombre, te defenderá mejor que un hermano, no te juzgará por tu gloria u otras riquezas, pondrá en tus manos sus derechos y hará suyas tus faltas, su voz será tu voz, y su techo, tu casa.

Nuestro premio Nobel D. Santiago Ramón y Cajal aconsejaba tener muy pocos amigos pero de plena confianza. Uno, dos. Tres pueden ser muchos. “No nos consolemos teniendo muchos amigos de no haber encontrado ninguno”, apostillaba en el mismo sentido Abel Bonnard.Y abundando en igual opinión, Ángel Ossorio y Gallardo, en La España de mi vida, nos aconsejaba así: “ten los conocidos por torrentes, los amigos con cuentagotas”. Por más que sea natural que los amigos se favorezcan mutuamente, sólo merece el nombre de amistad la que es ajena al interés. Vivimos con frecuencia de la mera apariencia. Es fácil simular lo que no se siente, o simplemente, qué poco son capaces de sentir algunos. Lo que comúnmente llamamos amistad no es más que un ritual de conveniencias. Los amigos del ji, ji ji, ja, ja,ja, de la boda del hijo, del apesadumbrado pésame, en fin, de las mil poses que el convencionalismo social impone. ¿Qué ocultan las paredes pintadas de mármol y oro? El barro ¿verdad? Pues igual sucede con la amistad.

A veces consideramos amigo a quien no lo es, bien porque nunca nos ha querido, o porque su modo de ser le impide proceder con la lealtad propia de la amistad. No creemos que deba ser esta ciega como desgraciadamente a veces lo es el amor. Meditemos de nuevo en el título de este artículo. Si en tiempos de crisis hay amigos que descaradamente ten dan la espalda, no hagas como que no te enteras. No se merecen que los quieras. Saca la lista y tacha sus nombres. Y seguidamente, bórralos de tu corazón.

Es triste comprobar cómo aquellos a quienes querías y en quienes confiabas se olvidan de ti. Pero no puedes obviar lo que ves. No se trata ya de ciertas susceptibilidades o suspicacias. Es la evidencia, lo que sabes que es sin vuelta de hoja, precisamente porque, como decía Julián Marías, lo estás viendo.

También el amor se resiente en tiempos de crisis. Ruines amores y ruines amistades, tan carentes unos y otros de los sentimientos que cobijan cuando son verdaderos. Por ello, sin perjuicio de que como señalaba André Maurois los juicios sobre calidad son muy relativos, en la elección de las personas que amamos guiémonos por el criterio de la calidad personal. “Velaremos así por la propia, sin dejarla descender y sin venderla por ningún precio”. Como Julián Marías nos enseñaba.

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